viernes, 17 de enero de 2014

Segunda historia. Capítulo 1.


Siglo X.


Una mujer de aspecto serio caminaba tranquilamente por un sendero en el bosque, que llevaba hacia el río, con una cesta en los brazos con ropa sucia. Tenía largo cabello rubio y los ojos castaños. En el poblado no había lugar para lavar la ropa, así que cada tarde esa mujer, madre de unos cuantos hijos, atravesaba el peligroso y sombrío bosque para ir al río a lavar la ropa. El bosque estaba oscuro y se escuchaban sonidos extraños, pero eso no alteró a la valiente mujer. Llegando al río empezó a escuchar risas y gritos, salió por el sendero, entre los árboles, y los vio. Su hijo mediano, adolescente, luchando en el agua con su mejor amigo, un chico que vivía en el poblado vecino. A la mujer no le gustaba el amigo de su hijo, veía algo siniestro en él, y tampoco le gustaba la cercanía que había entre los chicos. La mujer se acercó a la orilla y dejó la cesta con ropa sucia en el suelo, mirando a su hijo.

-¡Niklaus!

El chico que se llamaba Niklaus le estaba haciendo una llave al otro muchacho, y ambos reían. Al oír su nombre levantó la vista hacia su madre y soltó a su amigo de inmediato. Tenía el cabello castaño claro y los ojos azules. Al ver a la madre de su amigo, el otro chico bajó la cabeza y se ocultó disimuladamente detrás de Niklaus, este chico tenía el pelo negro y los ojos azules, y parecía tenerle miedo a la madre de su amigo.

-Madre... -El chico llamado Niklaus comenzó a salir del agua.- Solo estábamos jugando...

La mujer miraba severamente a su hijo de dieciséis años.

-Vuelve a casa enseguida, Rebekah ha vuelto a enfermar.

-¿Puede venir Salazar conmigo? -Niklaus giró el torso y miró a su amigo, sonriendo. Éste le devolvió una débil sonrisa.

-Es mejor que Salazar vuelva a su casa, está a punto de anochecer.

Salazar, el amigo de Niklaus, entristeció levemente, salió del agua y recogió su ropa de unas rocas, donde la había dejado.

-Pero madre... -Comenzó a decir Niklaus.

-No te preocupes, Nik. -Dijo Salazar, vistiéndose.- Nos vemos mañana.

Niklaus observaba como su amigo se vestía y su madre lo observaba a él. Salazar acabó de vestirse e inclinó levemente la cabeza hacia Esther, la madre de Nik, en forma de despedida. Despidió a su alicaído amigo con la mano y corrió hasta internarse en los árboles. Esther suspiró y miró a su hijo.

-Niklaus...

Su hijo pasó por su lado, agarró su ropa y comenzó a caminar hacia su poblado, sin dirigirle ni una mirada a su madre. Esther volvió a suspirar, se agachó junto a la orilla y la cesta y comenzó a lavar la ropa. Klaus era su hijo mediano, actualmente tenía seis hijos. En un tiempo había tenido otro hijo, su primer hijo, que murió cuando en el antiguo poblado donde vivían los asoló una plaga. Su amiga Ayanna le dijo que había un sitio libre de plagas, y ahora estaban viviendo en él.

Klaus se vistió durante el camino por el sendero hacia el poblado y cuando llegó ya estaba seco. Saludó a la amiga de su madre, Ayanna, y entró en su casa donde estaba el resto de su familia, exceptuando a su padre Mikael, alrededor de la cama de su pequeña y rubia hermanita, Rebekah. Elijah, el mayor de todos, estaba cuidando al diminuto Henrik. Finn, el segundo mayor estaba leyendo un libro a los pies de la cama de Rebekah, y su hermano pequeño Kol estaba jugando con unos muñecos de madera. Klaus agarró pergamino y un carboncillo y se acercó a su hermanita, ella adoraba como dibujaba.

-Bekah... -Susurró Klaus, acariciando su pelo.- ¿Qué quieres que dibuje esta vez?

-Lo que tu quieras, Nik. -Susurró Rebekah.

Klaus asintió y comenzó a dibujar sin pensar con claridad. Una línea por aquí, una curva por allá, y al final se sorprendió un poco al ver lo que había dibujado. Dio vuelta al dibujo para enseñarle a su hermana un perfecto retrato de su amigo Salazar. Rebekah sonrió al verlo.

-Me hubiera gustado que hubiera venido a verme...

-Madre no le dejó venir. -Klaus frunció levemente los labios. - Pero vendrá mañana.

Rebekah sonrió y luego se quedó dormida. Klaus besó su frente y salió de la habitación, fue a lavarse y a meterse en su cama, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido, mientras en la calma de la noche unos aullidos llenaban el bosque.

A un par de kilómetros de allí, en el poblado vecino, Salazar discutía acaloradamente con su madre.

-¡Somos una prestigiosa familia de grandes magos! ¡No puedes juntarte con ese chico muggle!

-¡Madre, Klaus es el único amigo que tengo! ¡Y no dejaré de verlo porque a ti te dé la gana!

Esas palabras hicieron que su madre le cruzara la cara de un bofetón.

-Te lo advierto, jovencito. Ahora ve a tu cuarto.

Salazar notaba arder su mejilla, le dirigió una mirada de odio a su madre y subió a su habitación, donde lo esperaba su padre con los libros de hechizos en las manos. Todas las noches su padre le obligaba a estudiar magia. Como era hijo único, los Slytherin querían que su hijo fuera el mejor mago de todos. Salazar suspiró, sacó su varita y se puso a practicar. Por la mañana practicaba hechizos defensivos y encantamientos con su madre y por la noche hacía duelos con su padre. A medianoche acabaron el duelo, iba mejorando cada día. Ambos arreglaron el desastre que hicieron en la habitación y su padre se marchó, Salazar se lavó y se metió en la cama, cansado. Hizo un silbido, parecido a un siseo, y por la puerta entró su serpiente, Bon. Salazar tenía un gran don, poco común, y era que podía hablar con las serpientes. Aparte de Klaus, su serpiente Bon era su mejor amiga, nunca se separaba de ella. Acarició a su serpiente con cariño y se puso a pensar en Klaus, su amigo dos años menor que él. Se conocieron hace seis años, Salazar estaba aburrido paseando por el bosque y oyó que alguien lloraba. Siguió el sonido del llanto hasta ver a un pequeño Klaus de diez años con el pie atrapado en una enredadera llena de espinas. Salazar, con doce años, lo ayudó a liberarse y lo acompañó a su poblado. Los Mikaelson le agradecieron que ayudara a su hijo y Salazar volvió a su casa. Desde ese entonces se hicieron inseparables. Y ahora su madre pretendía que dejara de verlo. Salazar bufó y cerró los ojos, jamás dejaría de ver a Klaus. Después de ese pensamiento se quedó profundamente dormido.

Su madre lo despertó a la mañana siguiente, se levantó con desgana, desayunó y se puso a practicar hechizos defensivos, en esto también era bueno. Su madre quedó tan contenta que le dio igual que su hijo saliera por la tarde, debió suponer que iba a ver a Klaus pero no se dio cuenta. El lugar de reunión de Salazar y Klaus era el sitio donde se conocieron en el bosque, allí construyeron una pequeña cabaña y todos los días a la misma hora se encontraban ahí. Cuando Salazar llegó no había nadie, encontró varias velas y las encendió. Con su varita hizo aparecer una botella de ron con un lazo y se sentó a esperar a Klaus. A los pocos minutos apareció su amigo, empapado. Afuera había comenzado a llover. Klaus miró alrededor y sonrío.

-¿Qué es esto?

Salazar se levantó, fue hacia él y le dio la botella de ron, seguida de un gran abrazo.

-Feliz diecisiete cumpleaños, Mikaelson.