Salazar se quedó helado, incapaz de
reaccionar. ¿Por qué lo besaba? No entendía nada, pero Klaus
seguía allí, besándolo. No podía entenderlo, así que usando toda
la fuerza de voluntad del mundo, apartó a Klaus lentamente.
-Klaus... ¿qué te ocurre?
Éste se mordió el labio y se apartó
un poco, mirándolo avergonzado y triste.
-Salazar... he sido un idiota. Un
completo idiota.
Salazar se incorporó y puso una mano
sobre el hombro de su amigo.
-Cuéntame que te pasa.
Klaus suspiró y cerró los ojos.
-Verás... cuando desapareciste... creí
que me volvía loco. La noche anterior estuve dándole muchas vueltas
a lo que había sucedido y estaba dispuesto a ignorar lo que había
pasado y continuar nuestra amistad como siempre... pero
desapareciste... tus padres no hicieron nada para encontrarte, pero
yo... moví cielo y tierra buscándote. Elijah y Finn me vieron tan
desquiciado que me ayudaron unas cuantas veces, pero nunca tuvimos
suerte. Hice carteles de “Se busca” y los colgué por todo mi
poblado y el tuyo... al final Mikael cedió a las súplicas de
Rebekah para que ayudara a encontrarte y convenció a ambos poblados
de deshacernos del bosque que nos separaba. Todos estábamos
convencidos de que estarías escondido entre los árboles, pero no
era así. Yo me sentía tan culpable... y al perderte de esa forma me
di cuenta, Salazar.
-¿Te diste cuenta de qué?
-De que... lo que tú sentías por mí
lo sentía yo por ti... y lo siento mucho.
-¿Qué es lo que sientes, Nik?
Salazar alzó la mano y acarició la
mejilla de Klaus, se le veía muy echo polvo.
-Siento mucho no haberme dado cuenta
antes... si lo hubiera sabido antes... no habrías desaparecido...
habríamos sido felices todos estos años...
Una lágrima se derramó de sus ojos y
Salazar se la limpió con delicadeza.
-No te preocupes Nik... no es culpa
tuya...
Klaus respiró hondo y sacudió la
cabeza.
-Soy un idiota, lo siento... sé que ya
no sientes lo mismo por mí, pero no pude evitarlo.
-¿Y quién te ha dicho que ya no
siento lo mismo?
Klaus se quedó en silencio mientras
procesaba lo que acababa de oír y luego miró a su amigo, confuso.
-¿Es que todavía...?
Salazar puso un dedo sobre sus labios
haciendo que se callara. No quería más palabras. Había estado
esperando este momento casi toda su vida. Se acercó poco a poco a
Klaus y se sentó encima de él. No quería apresurarse, pero no
podía evitarlo, su cuerpo tenía vida propia, ya no seguía las
órdenes de su cerebro. Se inclinó lentamente sobre él y depositó
un tierno beso en su frente, luego besó su nariz de la misma forma,
luego sus mejillas, y por último sus labios. Ambos estaban tensos,
pero intentaban disimularlo. Klaus llevó una de sus manos a la nuca
de Salazar y comenzó a acariciarla, siguiendo su beso, disfrutando
de la calidez de sus labios. Se deseaban muchísimo, pero se amaban
mucho más que eso. Cada beso, cada caricia, cada suspiro, cada
susurro... estaba impregnado del más puro y sincero amor. Salazar
quitó con lentitud la camisa de Klaus y éste quitó la suya para
luego pasar sus manos por sus firmes músculos. Se pegaron más el
uno al otro y Klaus comenzó a besar con lentitud el cuello del otro
mientras desabrochaba su pantalón y lo tumbaba para quitárselo.
Salazar se puso como un tomate al quedar desnudo y se deshizo de los
pantalones de Klaus con algo más de rapidez. El otro chico se puso
igual de rojo y volvieron a juntar sus cuerpos, volvieron a
acariciarse, y volvieron a besarse. Ya nada importaba, solo ellos.
Cuando se conocieron Salazar tenía doce años y Klaus diez. Ahora
Salazar tenía veintisiete y Klaus veinticinco, e iban a hacer el
amor. A pesar de que Salazar era el mayor, no quería tomar las
riendas, así que puso a Klaus sobre él para que tomara el mando, y
juntos, durante toda la noche, bailaron la danza más antigua de
todas.
A la mañana siguiente Salazar sonrió
nada más despertarse, pues notaba como los brazos de Klaus se
cerraban protectoramente alrededor de él. Abrió lentamente los ojos
y los tuvo que entrecerrar, pues la luz del Sol iluminaba toda la
habitación. Notaba el aliento de Klaus sobre su nuca y eso provocó
que se le erizaran los pelos. Con cuidado de no despertarlo se
deshizo de su abrazo y se levantó de la cama, caminando hacia la
ventana. La abrió y sacó la cabeza por ella, respirando una gran
bocanada de aire. Por la posición del Sol ya debía de haber pasado
la hora de almorzar, lo que suponía que era tarde, así que se
acercó a despertar a Klaus.
-Eh... Nik... despierta...
Lo sacudió lentamente, pero eso bastó
para que Klaus se despertara de golpe, con los colmillos
sobresaliendo de forma exagerada de la fila de dientes y con los ojos
rojos. Salazar dio un grito y se alejó de él, cayéndose de la
cama. No podía creer lo que veía. Klaus miraba alrededor como
esperando un ataque, pero al darse cuenta de donde estaba y con
quién, se relajó y su rostro volvió a la normalidad.
-Salazar...
Se levantó de la cama y caminaba
lentamente hacia él, preocupado. Salazar se alejaba arrastrándose
de espaldas, buscando su varita sin apartar la mirada de Klaus,
muerto de miedo.
-Salazar, por favor, soy yo...
-¡Aléjate de mí!
Salazar se levantó rápidamente tras
visualizar su varita en la mesita de noche y se lanzó a por ella,
pero fue obstaculizado por Klaus, quién lo tiró a la cama y lo
inmovilizó.
-Cálmate Sly, no voy a hacerte nada,
mírame.
Klaus lo miraba de forma muy
preocupada, él también estaba asustado, no quería perder a
Salazar, no por eso.
-Mi amor, escúchame, te lo contaré
todo, pero tienes que calmarte, no voy a hacerte daño, yo jamás te
haría daño. ¿Lo entiendes?
Salazar estaba desquiciado, se removía
en la cama debajo de Klaus, intentando soltarse, pero no conseguía
moverlo ni un centímetro.
-¿Qué eres...? ¿¡Qué eres!?
-Salazar... soy un vampiro.