miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo 5.


Ocho años después.


Una figura encapuchada, montada sobre un caballo negro, entraba lentamente en el fuerte que cubría un gran terreno. El poblado había cambiado mucho desde que Salazar Slytherin se había marchado hace ocho años. Decidió parar en una taberna, tenía que descansar y enterarse de las últimas novedades. Amarró a su fiel caballo, Bucéfalo, y entró en la taberna, aún cubierto por la oscura capa. Todos los presentes se quedaron en silencio en cuanto entró, y no era de extrañar. Corrían tiempos difíciles y cualquier forastero era señal de alarma, y más aquel forastero, ya que no mostraba su rostro y era alto y musculoso. El hombre encapuchado caminó con lentitud hacia la barra y pidió una habitación para pasar la noche. El tabernero, claramente intimidado, le dio la más limpia que tenía y le ofreció una cerveza, que el hombre aceptó con gusto.

-¿Qué ha pasado aquí?- Le preguntó al tabernero.- ¿Qué ha pasado con el bosque que separaba los dos poblados?

-Verá señor, hace unos años, un rico terrateniente llamado Mikael Mikaelson, que vivía en el poblado de al lado, convenció a ambos pueblos para talar el bosque y unir los pueblos como uno solo. Todos los hombres y niños colaboraron, y usaron la madera talada para construir el fuerte alrededor de ambas aldeas.

El encapuchado bufó en voz baja y bebió más cerveza.

-Sé quien es, he oído que su hijo pequeño Henrik ha muerto, ¿es eso cierto?

El tabernero asintió, y aunque había personas esperando para ser atendidas por él, éste seguía hablando con el misterioso forastero.

-En efecto, señor. Dicen que lo atacó un animal en el bosque que está al otro lado del fuerte.

-¿Qué clase de animal?

-Verá señor... cosas muy raras se escuchan por aquí últimamente... pero dicen que fue un lobo.

El forastero hizo una leve mueca y ocultó más la cara dentro de la capucha.

-¿Qué puedes decirme de los Slytherin? ¿Siguen viviendo aquí?

-Si señor, unas calles más arriba. Tenían un hijo, pero desapareció poco antes de cumplir diecinueve años, nunca más hemos sabido nada del joven Salazar. Ahora los Slytherin tienen una hija pequeña llamada Joanne, de seis años.

-Interesante... -Se acabó la cerveza.- ¿Qué puedes decirme de los Mikaelson?

-Los Mikaelson son como los reyes de la ciudad, han hecho grandes cosas por este lugar, son buena gente, si señor, es una pena lo del pequeño Henrik, el funeral fue hace casi dos meses.

-Una verdadera pena. ¿Sabe dónde viven?

-Si señor, en una gran casa al lado del río.

-Gracias, ha sido usted muy amable.

El encapuchado se levantó y todos volvieron a mirarle, éste agarró sus cosas y caminó hacia la habitación que el tabernero le había asignado. Se sentía raro estar de nuevo en casa, y por como habló de él... no quería ni imaginar como se pondría todo el poblado si supieran que Salazar Slytherin había vuelto. Salazar suspiró y se quitó la ropa, llenó la bañera de madera de agua caliente que le habían dejado en la habitación y se dio un relajante baño, pensando en todo. Hacía ocho años había abandonado aquel lugar y se había jurado no volver, pero en cuanto llegó a sus oídos que un Mikaelson había caído no pudo evitar pensar en Klaus, en su dolor. Debía de estar sufriendo, o a lo mejor no, habían pasado años, a lo mejor el hombre al que estaba a punto de visitar no era el mismo. Cerró los ojos y suspiró, no queriendo pensar en eso. Todavía amaba a Klaus, y la sola idea de verle le hacía sentir todo un zoológico en el estómago. Pasado un rato salió de la bañera, se puso unas ropas oscuras y limpias y había mandado a que limpiaran su capa negra, así que también se la puso, no quería que nadie lo reconociera. El encapuchado salió de la taberna y puso rumbo a la casa de los Mikaelson, nervioso. La casa estaba apartada de las otras, había luz en el interior y salía humo de la chimenea, todos debían de estar dentro. Salazar se quedó de pie a unos metros de la puerta, decidiendo si tocar o irse, y debía de pensar rápido, a nadie le haría gracia ver a una figura encapuchada de pie frente a su puerta sin hacer nada. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que no oyó que alguien se acercaba por detrás y posaba la punta de la espada entre los omóplatos de éste.

-Tienes cinco segundos para decirme quién eres y qué haces aquí, forastero.

A Salazar le dio un vuelco el corazón y se quedó aún más helado. Esa voz...

-Cinco, cuatro, tres, dos, uno...

El encapuchado se dio lentamente la vuelta mientras se baja la capucha para dejar ver su rostro mientras miraba al suelo. Primero vio sus botas marrones, luego fue subiendo la mirada por sus pantalones, su camisa, su pelo castaño claro... y luego sus ojos. El hombre dejó caer la espada de la impresión y ambos se miraron a los ojos fijamente sin decirse nada, solo observándose. Al cabo de un rato el que tenía la espada levantó el puño y le arreó un buen golpe en la mandíbula al que había sido su mejor amigo hacía ya tantos años.

-¡Ni una sola carta! ¡Ni siquiera una nota de despedida! ¡Todos pensábamos que estabas muerto! ¡Me pasé meses llorando por ti!

Salazar cayó al suelo a causa del golpe y miraba a Klaus desde allí, acariciándose la mandíbula.

-No fue cosa mía lo de marcharme, lo siento...

-¿¡Y por qué no escribiste!?

El que estaba en el suelo rodó los ojos y se levantó sacudiéndose la ropa.

-Llevamos ocho años sin vernos... ¿y lo primero que haremos será discutir?

Alzó una ceja y espero a que su amigo se calmara, al cabo de un rato Klaus se acercó a él y lo abrazó con fuerza, un abrazo que el otro hombre correspondió con ganas.

-Vamos Nik, te invito a un trago y te lo cuento todo.

Klaus asintió con la cabeza y ambos hombres caminaron de vuelta a la taberna, allí compraron una botella y se encerraron en la habitación de Salazar para tener más privacidad.

-Si no fue cosa tuya lo de marcharte entonces dime de quién fue.

Salazar se dejó caer sobre la cama y Klaus se tiró a su lado.

-Fue mi padre. La última noche que estuve aquí mi madre me... torturó. Mi padre no lo aguantó y al amanecer me ayudó a escapar.

-Vaya... lo siento mucho...

Ambos hombres se miraron a los ojos durante un rato y luego apartaron la mirada, incómodos. Los dos estaban pensando en lo mismo, en la última conversación que habían tenido hace ya ocho años, aunque Salazar se obligaba a no pensar en eso.

-Salazar...

Éste suspiró bajito y cerró los ojos.

-¿Si?

Abrió los ojos y solo le dio tiempo a ver como Klaus se inclinaba sobre él, juntando sus labios con los suyos.





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