Ocho años después.
Una figura encapuchada, montada sobre
un caballo negro, entraba lentamente en el fuerte que cubría un gran
terreno. El poblado había cambiado mucho desde que Salazar Slytherin
se había marchado hace ocho años. Decidió parar en una taberna,
tenía que descansar y enterarse de las últimas novedades. Amarró a
su fiel caballo, Bucéfalo, y entró en la taberna, aún cubierto por
la oscura capa. Todos los presentes se quedaron en silencio en cuanto
entró, y no era de extrañar. Corrían tiempos difíciles y
cualquier forastero era señal de alarma, y más aquel forastero, ya
que no mostraba su rostro y era alto y musculoso. El hombre
encapuchado caminó con lentitud hacia la barra y pidió una
habitación para pasar la noche. El tabernero, claramente intimidado,
le dio la más limpia que tenía y le ofreció una cerveza, que el
hombre aceptó con gusto.
-¿Qué ha pasado aquí?- Le preguntó
al tabernero.- ¿Qué ha pasado con el bosque que separaba los dos
poblados?
-Verá señor, hace unos años, un rico
terrateniente llamado Mikael Mikaelson, que vivía en el poblado de
al lado, convenció a ambos pueblos para talar el bosque y unir los
pueblos como uno solo. Todos los hombres y niños colaboraron, y
usaron la madera talada para construir el fuerte alrededor de ambas
aldeas.
El encapuchado bufó en voz baja y
bebió más cerveza.
-Sé quien es, he oído que su hijo
pequeño Henrik ha muerto, ¿es eso cierto?
El tabernero asintió, y aunque había
personas esperando para ser atendidas por él, éste seguía hablando
con el misterioso forastero.
-En efecto, señor. Dicen que lo atacó
un animal en el bosque que está al otro lado del fuerte.
-¿Qué clase de animal?
-Verá señor... cosas muy raras se
escuchan por aquí últimamente... pero dicen que fue un lobo.
El forastero hizo una leve mueca y
ocultó más la cara dentro de la capucha.
-¿Qué puedes decirme de los
Slytherin? ¿Siguen viviendo aquí?
-Si señor, unas calles más arriba.
Tenían un hijo, pero desapareció poco antes de cumplir diecinueve
años, nunca más hemos sabido nada del joven Salazar. Ahora los
Slytherin tienen una hija pequeña llamada Joanne, de seis años.
-Interesante... -Se acabó la cerveza.-
¿Qué puedes decirme de los Mikaelson?
-Los Mikaelson son como los reyes de la
ciudad, han hecho grandes cosas por este lugar, son buena gente, si
señor, es una pena lo del pequeño Henrik, el funeral fue hace casi
dos meses.
-Una verdadera pena. ¿Sabe dónde
viven?
-Si señor, en una gran casa al lado
del río.
-Gracias, ha sido usted muy amable.
El encapuchado se levantó y todos
volvieron a mirarle, éste agarró sus cosas y caminó hacia la
habitación que el tabernero le había asignado. Se sentía raro
estar de nuevo en casa, y por como habló de él... no quería ni
imaginar como se pondría todo el poblado si supieran que Salazar
Slytherin había vuelto. Salazar suspiró y se quitó la ropa, llenó
la bañera de madera de agua caliente que le habían dejado en la
habitación y se dio un relajante baño, pensando en todo. Hacía
ocho años había abandonado aquel lugar y se había jurado no
volver, pero en cuanto llegó a sus oídos que un Mikaelson había
caído no pudo evitar pensar en Klaus, en su dolor. Debía de estar
sufriendo, o a lo mejor no, habían pasado años, a lo mejor el
hombre al que estaba a punto de visitar no era el mismo. Cerró los
ojos y suspiró, no queriendo pensar en eso. Todavía amaba a Klaus,
y la sola idea de verle le hacía sentir todo un zoológico en el
estómago. Pasado un rato salió de la bañera, se puso unas ropas
oscuras y limpias y había mandado a que limpiaran su capa negra, así
que también se la puso, no quería que nadie lo reconociera. El
encapuchado salió de la taberna y puso rumbo a la casa de los
Mikaelson, nervioso. La casa estaba apartada de las otras, había luz
en el interior y salía humo de la chimenea, todos debían de estar
dentro. Salazar se quedó de pie a unos metros de la puerta,
decidiendo si tocar o irse, y debía de pensar rápido, a nadie le
haría gracia ver a una figura encapuchada de pie frente a su puerta
sin hacer nada. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que no oyó
que alguien se acercaba por detrás y posaba la punta de la espada
entre los omóplatos de éste.
-Tienes cinco segundos para decirme
quién eres y qué haces aquí, forastero.
A Salazar le dio un vuelco el corazón
y se quedó aún más helado. Esa voz...
-Cinco, cuatro, tres, dos, uno...
El encapuchado se dio lentamente la
vuelta mientras se baja la capucha para dejar ver su rostro mientras
miraba al suelo. Primero vio sus botas marrones, luego fue subiendo
la mirada por sus pantalones, su camisa, su pelo castaño claro... y
luego sus ojos. El hombre dejó caer la espada de la impresión y
ambos se miraron a los ojos fijamente sin decirse nada, solo
observándose. Al cabo de un rato el que tenía la espada levantó el
puño y le arreó un buen golpe en la mandíbula al que había sido
su mejor amigo hacía ya tantos años.
-¡Ni una sola carta! ¡Ni siquiera una
nota de despedida! ¡Todos pensábamos que estabas muerto! ¡Me pasé
meses llorando por ti!
Salazar cayó al suelo a causa del
golpe y miraba a Klaus desde allí, acariciándose la mandíbula.
-No fue cosa mía lo de marcharme, lo
siento...
-¿¡Y por qué no escribiste!?
El que estaba en el suelo rodó los
ojos y se levantó sacudiéndose la ropa.
-Llevamos ocho años sin vernos... ¿y
lo primero que haremos será discutir?
Alzó una ceja y espero a que su amigo
se calmara, al cabo de un rato Klaus se acercó a él y lo abrazó
con fuerza, un abrazo que el otro hombre correspondió con ganas.
-Vamos Nik, te invito a un trago y te
lo cuento todo.
Klaus asintió con la cabeza y ambos
hombres caminaron de vuelta a la taberna, allí compraron una botella
y se encerraron en la habitación de Salazar para tener más
privacidad.
-Si no fue cosa tuya lo de marcharte
entonces dime de quién fue.
Salazar se dejó caer sobre la cama y
Klaus se tiró a su lado.
-Fue mi padre. La última noche que
estuve aquí mi madre me... torturó. Mi padre no lo aguantó y al
amanecer me ayudó a escapar.
-Vaya... lo siento mucho...
Ambos hombres se miraron a los ojos
durante un rato y luego apartaron la mirada, incómodos. Los dos
estaban pensando en lo mismo, en la última conversación que habían
tenido hace ya ocho años, aunque Salazar se obligaba a no pensar en
eso.
-Salazar...
Éste suspiró bajito y cerró los
ojos.
-¿Si?
Abrió los ojos y solo le dio tiempo a
ver como Klaus se inclinaba sobre él, juntando sus labios con los
suyos.
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