Siglo X.
Una mujer de aspecto serio caminaba
tranquilamente por un sendero en el bosque, que llevaba hacia el río,
con una cesta en los brazos con ropa sucia. Tenía largo cabello
rubio y los ojos castaños. En el poblado no había lugar para lavar
la ropa, así que cada tarde esa mujer, madre de unos cuantos hijos,
atravesaba el peligroso y sombrío bosque para ir al río a lavar la
ropa. El bosque estaba oscuro y se escuchaban sonidos extraños, pero
eso no alteró a la valiente mujer. Llegando al río empezó a
escuchar risas y gritos, salió por el sendero, entre los árboles, y
los vio. Su hijo mediano, adolescente, luchando en el agua con su
mejor amigo, un chico que vivía en el poblado vecino. A la mujer no
le gustaba el amigo de su hijo, veía algo siniestro en él, y
tampoco le gustaba la cercanía que había entre los chicos. La mujer
se acercó a la orilla y dejó la cesta con ropa sucia en el suelo,
mirando a su hijo.
-¡Niklaus!
El chico que se llamaba Niklaus le
estaba haciendo una llave al otro muchacho, y ambos reían. Al oír
su nombre levantó la vista hacia su madre y soltó a su amigo de
inmediato. Tenía el cabello castaño claro y los ojos azules. Al ver
a la madre de su amigo, el otro chico bajó la cabeza y se ocultó
disimuladamente detrás de Niklaus, este chico tenía el pelo negro y
los ojos azules, y parecía tenerle miedo a la madre de su amigo.
-Madre... -El chico llamado Niklaus
comenzó a salir del agua.- Solo estábamos jugando...
La mujer miraba severamente a su hijo
de dieciséis años.
-Vuelve a casa enseguida, Rebekah ha
vuelto a enfermar.
-¿Puede venir Salazar conmigo?
-Niklaus giró el torso y miró a su amigo, sonriendo. Éste le
devolvió una débil sonrisa.
-Es mejor que Salazar vuelva a su casa,
está a punto de anochecer.
Salazar, el amigo de Niklaus,
entristeció levemente, salió del agua y recogió su ropa de unas
rocas, donde la había dejado.
-Pero madre... -Comenzó a decir
Niklaus.
-No te preocupes, Nik. -Dijo Salazar,
vistiéndose.- Nos vemos mañana.
Niklaus observaba como su amigo se
vestía y su madre lo observaba a él. Salazar acabó de vestirse e
inclinó levemente la cabeza hacia Esther, la madre de Nik, en forma
de despedida. Despidió a su alicaído amigo con la mano y corrió
hasta internarse en los árboles. Esther suspiró y miró a su hijo.
-Niklaus...
Su hijo pasó por su lado, agarró su
ropa y comenzó a caminar hacia su poblado, sin dirigirle ni una
mirada a su madre. Esther volvió a suspirar, se agachó junto a la
orilla y la cesta y comenzó a lavar la ropa. Klaus era su hijo
mediano, actualmente tenía seis hijos. En un tiempo había tenido
otro hijo, su primer hijo, que murió cuando en el antiguo poblado
donde vivían los asoló una plaga. Su amiga Ayanna le dijo que había
un sitio libre de plagas, y ahora estaban viviendo en él.
Klaus se vistió durante el camino por
el sendero hacia el poblado y cuando llegó ya estaba seco. Saludó a
la amiga de su madre, Ayanna, y entró en su casa donde estaba el
resto de su familia, exceptuando a su padre Mikael, alrededor de la
cama de su pequeña y rubia hermanita, Rebekah. Elijah, el mayor de
todos, estaba cuidando al diminuto Henrik. Finn, el segundo mayor
estaba leyendo un libro a los pies de la cama de Rebekah, y su
hermano pequeño Kol estaba jugando con unos muñecos de madera.
Klaus agarró pergamino y un carboncillo y se acercó a su hermanita,
ella adoraba como dibujaba.
-Bekah... -Susurró Klaus, acariciando
su pelo.- ¿Qué quieres que dibuje esta vez?
-Lo que tu quieras, Nik. -Susurró
Rebekah.
Klaus asintió y comenzó a dibujar sin
pensar con claridad. Una línea por aquí, una curva por allá, y al
final se sorprendió un poco al ver lo que había dibujado. Dio
vuelta al dibujo para enseñarle a su hermana un perfecto retrato de
su amigo Salazar. Rebekah sonrió al verlo.
-Me hubiera gustado que hubiera venido
a verme...
-Madre no le dejó venir. -Klaus
frunció levemente los labios. - Pero vendrá mañana.
Rebekah sonrió y luego se quedó
dormida. Klaus besó su frente y salió de la habitación, fue a
lavarse y a meterse en su cama, cerró los ojos y se quedó
profundamente dormido, mientras en la calma de la noche unos aullidos
llenaban el bosque.
A un par de kilómetros de allí, en el
poblado vecino, Salazar discutía acaloradamente con su madre.
-¡Somos una prestigiosa familia de
grandes magos! ¡No puedes juntarte con ese chico muggle!
-¡Madre, Klaus es el único amigo que
tengo! ¡Y no dejaré de verlo porque a ti te dé la gana!
Esas palabras hicieron que su madre le
cruzara la cara de un bofetón.
-Te lo advierto, jovencito. Ahora ve a
tu cuarto.
Salazar notaba arder su mejilla, le
dirigió una mirada de odio a su madre y subió a su habitación,
donde lo esperaba su padre con los libros de hechizos en las manos.
Todas las noches su padre le obligaba a estudiar magia. Como era hijo
único, los Slytherin querían que su hijo fuera el mejor mago de
todos. Salazar suspiró, sacó su varita y se puso a practicar. Por
la mañana practicaba hechizos defensivos y encantamientos con su
madre y por la noche hacía duelos con su padre. A medianoche
acabaron el duelo, iba mejorando cada día. Ambos arreglaron el
desastre que hicieron en la habitación y su padre se marchó,
Salazar se lavó y se metió en la cama, cansado. Hizo un silbido,
parecido a un siseo, y por la puerta entró su serpiente, Bon.
Salazar tenía un gran don, poco común, y era que podía hablar con
las serpientes. Aparte de Klaus, su serpiente Bon era su mejor amiga,
nunca se separaba de ella. Acarició a su serpiente con cariño y se
puso a pensar en Klaus, su amigo dos años menor que él. Se
conocieron hace seis años, Salazar estaba aburrido paseando por el
bosque y oyó que alguien lloraba. Siguió el sonido del llanto hasta
ver a un pequeño Klaus de diez años con el pie atrapado en una
enredadera llena de espinas. Salazar, con doce años, lo ayudó a
liberarse y lo acompañó a su poblado. Los Mikaelson le agradecieron
que ayudara a su hijo y Salazar volvió a su casa. Desde ese entonces
se hicieron inseparables. Y ahora su madre pretendía que dejara de
verlo. Salazar bufó y cerró los ojos, jamás dejaría de ver a
Klaus. Después de ese pensamiento se quedó profundamente dormido.
Su madre lo despertó a la mañana
siguiente, se levantó con desgana, desayunó y se puso a practicar
hechizos defensivos, en esto también era bueno. Su madre quedó tan
contenta que le dio igual que su hijo saliera por la tarde, debió
suponer que iba a ver a Klaus pero no se dio cuenta. El lugar de
reunión de Salazar y Klaus era el sitio donde se conocieron en el
bosque, allí construyeron una pequeña cabaña y todos los días a
la misma hora se encontraban ahí. Cuando Salazar llegó no había
nadie, encontró varias velas y las encendió. Con su varita hizo
aparecer una botella de ron con un lazo y se sentó a esperar a
Klaus. A los pocos minutos apareció su amigo, empapado. Afuera había
comenzado a llover. Klaus miró alrededor y sonrío.
-¿Qué es esto?
Salazar se levantó, fue hacia él y le
dio la botella de ron, seguida de un gran abrazo.
-Feliz diecisiete cumpleaños,
Mikaelson.
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