domingo, 6 de octubre de 2013

Primera historia. Capítulo Uno: Atraídos como imanes.

Suena el despertador, el chico que duerme plácidamente en la cama de al lado parece no darse cuenta. El pitido incesante sigue unos minutos más hasta que el joven despierta. Se frota los ojos, apaga el despertador y se levanta caminando hacia el baño.
Se quita el pijama quedando en bóxers y comienza a hacer unas cuantas flexiones, al acabar observa su reflejo en el espejo. Se le ve mayor para ser un chico de 17 años, tiene los pectorales y los bíceps marcados y mide casi 1.80. Tiene un liso cabello pelirrojo y unos ojos de un azul apagado, como el mar en un día gris. Se mete en la ducha y se da un buen baño, sale, se seca, se viste y baja a la cocina a desayunar. Es su primer día en el instituto nuevo, su madre y él se mudaron a Londres unos días después del funeral de su padre, que murió en un trágico accidente de coche. Su madre está frente a la vitrocerámica, preparando unas tortitas con crema de avellanas.

-Buenos días mamá.- respondió el chico al llegar a la cocina, besó a su madre en la mejilla y se sentó en la mesa.

-Buenos días Alex.- respondió la madre- ¿preparado para tu primer día en el instituto nuevo?

-No me hagas responder... -Alex agarró una de las tortitas y le dio un mordisco, se le notaba nervioso.

-Ya verás como todo irá bien, hijo.- la madre, que se llama Kate, le tendió a su hijo un vaso con zumo de frutas. Era un mujer alta y delgada, con el cabello castaño y unos preciosos ojos azules.

-Si, seguro... -Alex suspiró, acabó de desayunar y se levantó- no quiero llegar tarde -volvió a besar a su madre en la mejilla y volvió a su habitación, se quitó la camisa que se había puesto y se puso una azul más ajustada, agarró una chaqueta vaquera y un poco de dinero, se lavó los dientes y salió de la casa.
Llegó al instituto, que estaba a cinco manzanas de su casa, con tiempo de sobra. A lo lejos vislumbró un pequeño kiosko y se acercó, compró una cajetilla de cigarros y volvió a la entrada del instituto. Sacó un cigarrillo y lo encendió dándole una calada, apoyado en la pared de la entrada. La gente que entraba lo miraba de arriba a abajo, las chicas con curiosidad y los chicos con mala cara.

-¿Tienes más cigarrillos?- preguntó una voz a su lado, Alex giró la cabeza y vio a un grupo de chicos, probablemente de su misma edad. El que preguntó tenía pinta de ser el cabecilla del grupo y miraba a Alex maliciosamente. Tenía el pelo castaño y los ojos azules, era un poco más bajo que Alex y con una complexión muscular un poco mayor. Alex ocultó mejor la cajetilla en
el bolsillo de su pantalón.

-No, no tengo más- respondió. El cabecilla entrecerró los ojos y sonrió de medio lado, hizo un movimiento con la cabeza y en un momento los cuatro chicos que estaban detrás de éste rodearon a Alex y lo arrastraron lejos de la entrada, lo llevaron por los bloques de una urbanización y entraron por una puerta que daba a una oficina abandonada. Lo soltaron en medio de la habitación y éste los miraba uno a uno, asustado pero intentando que no se notase.

-¿Sabes lo que hacemos aquí a los mentirosos?- el cabecilla seguía con la misma sonrisa maliciosa y se acercó a Alex.- Me llamo James, y es mejor que no vuelvas a mentirme- rápidamente metió la mano en el bolsillo de Alex y extrajo la caja de tabaco, sacó uno y lo encendió dándole una larga calada. Alex enrojeció y le arrebató la cajetilla.

-No toques mis cosas- gruñó. Un dolor agudo lo golpeó en su abdomen y lo hizo doblarse, uno de los matones de James le había dado un puñetazo.

-Eso es lo que pasa cuando eres un chico malo- James rió y pateó a Alex en el costado, haciendo que caiga al suelo. Agarró la caja de su mano, hizo una seña a sus amigos y salieron de allí.
Alex se quedó tumbado en el suelo intentando tomar aire un rato, se levantó tembloroso y salió de allí. Cuando llegó al instituto no había nadie por fuera, fue al salón de actos y un profesor le dijo que su presentación ya había terminado, le dijo el número de su aula y le deseó buena suerte. Nervioso, se arregló la ropa como pudo y entró a su aula correspondiente, todas las miradas se fijaron en él.

-Tu debes de ser Alexander Dallas, ¿no?- Alex se fijó en la procedencia de la voz y sus ojos le llevaron a una mujer de estatura media, delgada, con el pelo oscuro y los ojos muy azules. Era muy joven, probablemente acabara de terminar la carrera. -Seré tu tutora este año, me llamo Alice, por favor, siéntate- sonrió y señaló el único asiento que estaba libre.

Alex asintió y fue hacia allí, se sentó sin siquiera mirar a su compañero de mesa hasta que una risita familiar le hizo girar la cabeza. Ahí estaba James, a su lado, con su sonrisa maliciosa y su pelo castaño. El pelirrojo bufó y enrojeció de rabia e impotencia, ignoró completamente a su compañero e hizo lo imposible para centrar su atención en su profesora. Media hora mas tarde, Alice le mandó repartir los horarios entre sus compañeros, él obedeció y entregó los horarios sin mirar a nadie a la cara, cuando extendió la mano para darle el horario a James los dedos de ambos se rozaron y una corriente eléctrica los recorrió. Los chicos se sobresaltaron y James soltó una palabrota no muy alto. Alex, confundido, repartió los horarios que faltaban y volvió a su sitio sin mirar a su compañero.
Cuando tocó el timbre giró la cabeza para decirle algo ofensivo a James, pero el asiento de éste estaba vacío. Se levantó y se fue, se puso los auriculares y caminó tranquilo a su casa escuchando música, con la sensación de que alguien le observaba. Aceleró el paso y llegó a su casa, su madre estaba en la sala viendo un programa de cocina.

-¡Alex! ¿Cómo te ha ido?- Kate miraba a su hijo sonriendo.

-Bien mamá- mintió Alex. Sin dejar que su madre dijera nada más se encerró en su cuarto, se tiró en la cama y se obligó a no pensar en lo que le esperaba mañana.
Algo en su interior luchaba por salir, un recuerdo que estaba oculto en lo más profundo de su mente. Se quedó acostado en la cama, pensando, hasta quedarse dormido. Lo despertó varias horas después una brisa fría que entraba por la ventana, una ventana que él no recordaba haber dejado abierta. Se levantó frotándose los ojos y la cerró, ya era de noche, había pasado todo el día durmiendo. Bajó a la cocina a por algo de comer, su madre le dejó la cena en un plato y estaba mirando la tele. Alex calentó su cena en el microondas y llevó su plato a su habitación, cerró la puerta y encendió el ordenador, deseando hablar con sus amigos.
Entró al Facebook y varios de sus amigos le hablaron, le preguntaron cómo le iba por Londres y él contestaba al mismo tiempo que comía. Después de cenar y chatear un buen rato se tumbó en la cama y se puso a escuchar música mirando al techo, pensativo. Como sabía que tardaría horas en dormirse se puso ropa de deporte y salió de su casa, caminó hasta Hyde Park, se puso los auriculares y comenzó a correr. Estaba oscuro, pero las farolas iluminaban bien los caminos. Iba centrado en la música y por eso no vio el cruce a unos metros delante de él, al llegar allí un chico salió del otro camino, también corriendo, y ambos chocaron. Cayeron al suelo soltando gemidos de dolor, el chico se levantó y se acercó a Alex con expresión preocupada.

-Ey, ¿estás bien?- Alex abrió los ojos y se encontró con la mirada preocupada de un chico con cabello y ojos oscuros, hizo una mueca y se incorporó como pudo.

-Si, estoy bien- se frotó la zona de su cuerpo donde habían chocado y reprimió una mueca de dolor- ¿tú cómo estás?

-Un poco dolorido, pero bien- sonrió y extendió su mano hacia Alex para ayudarlo a levantarse- Me llamo Sam, ¿y tu?

-Alexander- agarró la mano de Sam y se levantó, se sacudió la ropa y recogió su móvil del suelo.

-Encantado de conocerte Alexander- también sacudió su ropa y Alex aprovechó para mirarlo más detenidamente. Tenía su misma estatura, el cabello un poco más largo que Alex y los ojos negros.

-Llámame Alex- éste no pudo evitar sonreír al ver la sonrisa que se extendía en el rostro de Sam.

-De acuerdo- Sam se sonrojó y despeinó su cabello- ¿te apetece dar un paseo? Después de golpe no estoy para seguir corriendo.

-Claro- Alex no pudo evitar notar el rubor en las mejillas del chico y se amplió su sonrisa- vayamos a tomar algo y descansar.

-Hay un bar cerca de aquí- dijo Sam comenzando a caminar- ¿eres nuevo por aquí? No te había visto nunca.

-Si- Alex se puso a su lado y caminaron juntos- Antes vivía en Vancouver -se encogió de hombros- ¿cuántos años tienes, Sam?

-¿Vancouver? Vaya... -salieron del parque- tengo 18 años, ¿y tú?

-Yo tengo 17... -a lo lejos vislumbró el bar al que se refería Sam, entraron y se sentaron en una esquina- ¿que vas a tomar?

-Cerveza- llegó el camarero y Sam pidió su cerveza, Alex, dudando, pidió lo mismo. El camarero se fue y Sam miró a Alex con un brillo en los ojos. Estuvieron hablando y bebiendo durante una hora y Alex descubrió varias cosas de Sam: vivía solo, con la única compañía de su gato Chester, su padre había muerto y su madre lo había abandonado cuando era un niño. Cuando acabaron la tercera ronda Sam lo invitó a ir a su casa y jugar a la x-Box un rato, Alex aceptó sin dudarlo. Pagaron las cervezas y se pusieron rumbo al piso de Sam, que no estaba muy lejos de donde vivía Alex. Entraron y se sentaron en el sofá, Sam pidió una pizza y preparó todo para una sesión de Call of Duty, a ambos chicos se les notaba nerviosos y ninguno sabía por qué se trataba. Jugaron unas cuantas partidas y llegó la pizza, dejaron los mandos y se pusieron a comer y seguir charlando.

-Dime, Alex... ¿por qué te fuiste de Vancouver?- Sam se llevó un trozo de pizza a la boca y lo miraba fijamente.

-Pues... -Alex suspiró- mi padre murió en un accidente de coche... y mi madre quiso irse muy lejos de allí.

-Oh... vaya... lo siento mucho... -Sam puso su mano en la pierna del chico y lo miraba apenado, Alex se sonrojó por el tacto y evitó su mirada.
Notó que la mano iba subiendo poco a poco y miró a Sam, con el pulso acelerado se acercó un poco. Éste mordió su labio y también se ruborizó, respondió al acercamiento y acercó su rostro al de Alex hasta rozar sus labios. Alex, incapaz de contenerse por más tiempo, pasó su mano por la nuca de él, lo atrajo y lo besó. Ambos sintieron su corazón explotar y Sam le devolvió el beso con ganas, enredó sus dedos en el pelo de Alex y lo atrajo hasta tumbarlo encima de él. Se besaron apasionadamente durante un rato hasta acabar los dos sin camiseta. Alex depositó suaves besos en el pecho y el abdomen de Sam, pero de repente éste se tensó y lo apartó.

-Para... esto no está bien... -se mordió el labio y se puso su camiseta. Alex, sin entender nada y asustado por lo que había pasado, se vistió y se fue corriendo de allí. Siguió corriendo hasta llegar a su casa y entró sin hacer ruido, fue hasta el baño, se dio una buena ducha, se puso el pijama y se metió en su cama. Tantas emociones evitaron que pudiera dormir, estuvo unas horas despierto y apagó el despertador cuando éste sonó. Repitió el mismo proceso que el día anterior, su madre le preparó el desayuno y le deseó buena suerte, él asintió y se fue. Llegó al instituto y entró en clase, intentaba no mirar a James y se obligó a no pensar en Sam.
Nunca había estado tan confundido en su vida, él siempre había creído que le gustaban las chicas, tuvo unas cuantas novias en Vancouver y ninguna se había quejado. La tutora entró en el aula y Alex no pudo evitar pensar en lo sexy que era, pasó toda la mañana pensando en sus cosas y sin prestar atención a clase, estaba tan sumido en sus pensamientos que no notó que cinco personas lo acorralaban cuando salió del instituto. Eran James y sus amigos.

-Vaya vaya... mira a quién tenemos aquí... - James sonrió con maldad y ordenó a sus amigos que se fueran, cuando se quedaron solos, su mirada cambió y miró a Alex con intensa curiosidad.

-¿Que quieres? -dijo Alex de mala gana.

-Comprobar una cosa... -James extendió su mano para tocar la de Alex y ambos volvieron a sentir la corriente eléctrica recorrerlos.


-¿Por qué pasa eso?- preguntó Alex tragando saliva. James sonrío malévolamente y se alejó, dejando a Alex con millones de preguntas recorriendo su cabeza.


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